domingo, 25 de abril de 2010

Día y noche con los chavales que no le importan a nadie

Atravesados entre litronas, porros y una desoladora falta de alternativas

«Veña home, pon a música un pouquiño; baixiña, para alegrar a noite. ¿Non ves que estamos todos moi tristes?». J., sudadera roja, pantalón de chándal oscuro, calzado deportivo desabrochado y capucha calada por encima de la gorra de béisbol, intenta convencer a P., el dueño del coche, con idéntico uniforme, diferentes colores, la capucha sin calar. Ahora mismo, poco después de medianoche, en el puerto de Palmeira solo se oye el mar. En una curva, acurrucados bajo la puerta de un garaje, media docena de chavales y una chica intentan divertirse sin éxito. Es difícil explicar por qué estamos allí, en un sitio tan inhóspito, rellenando con agua de la fuente botellas vacías de coca-cola.

No hay pasta. Y los porros resecan mucho la boca. Y la amargura. Entre la chavalada que se refugia en la rampa del garaje, parlotea y juega dándose inocentes pero duros puñetazos y patadas, falta uno. Las chiquilladas de los últimos meses han acabado con una orden de alejamiento de una vecina que reside en una vivienda cercana. Esa noche (la del viernes al sábado), la cumple por primera vez. Y sus colegas lo echan de menos.

Resistir

«¡A ver, home, dicídelle que poña a música!», insiste J. No todos están por la labor, especialmente esa noche, pero al final se abre la puerta del AX y suena Máxima FM, emisora de referencia de la peña. El razonable volumen no impide que el rumor del mar siga llegando nítido, pero J. sabe que no hay que aflojar, que el puerto es de todos y que esta avalancha de televisiones y policías no les puede torcer el brazo. No hacen nada malo. O al menos, en ese punto de vista están asentados.

La música no parece incrementar la diversión. Hay algunos que están cansados. Ha sido un día muy largo. Entrevistas televisivas, denuncias en la policía, puesta al día a los que estudian fuera y ansían novedades sobre su Palmeira, estrella mediática esta semana, apoyo a la familia de los dos chavales que durmieron en comisaría... La única chica que está entre nosotros, la novia de P., está agotada. Quiere irse. Todo el día en la calle, como ayer, como mañana.

Hace hora y pico éramos algunos más. Otras cuatro chicas, universitarias, compartían la cuña sin recebar en la que habitamos. Todos están de uñas contra quienes los señalan como vándalos, banda organizada, armada. Exponen, critican, se defienden. «No somos ninis». Pero muchos sí lo son. La denuncia que hoy han presentado contra la vecina a la que acusan de radicalizar el conflicto es la primera acción mínimamente organizada que llevan a cabo. En Palmeira no se conoce un colectivo juvenil, una asociación, un local social, una biblioteca, un punto de conexión a Internet...

30 porros al día

Solo porros. Por un tubo. S., 18 años, dice que hoy ha fumado treinta: «Conteinos». Y sigue rulando. Esta mañana estuvimos juntos, a mediodía, charlando sobre el dinero que recibían en casa. En media hora circularon tres canutos. A plena luz, en medio del puerto.

-¿No sería mejor estar un poco más escaqueados?

S. explica que no vale la pena. Si viene la poli, achantan y se van. Los vecinos les dan igual. Si les dicen algo, les contestan. El puerto es de todos. «Meus pais saben que fumo, así que ninguén ten por que dicirme nada». Ahora, de noche, tiene el mismo aspecto que al mediodía. Siempre arriba, siempre fumado.

Llega la policía

No hay mucha pasta, lo que había se ha convertido en ceniza. Pero al final se junta algo para tres litronas. Unos pocos kilómetros hasta el veinticuatro, una tienda de Ribeira donde tres litronas frías valen cuatro euros. Hay ambiente en el comercio. Cerca, en Aguiño, están la orquesta Panorama y la París de Noia. Nosotros no iremos. Además, en algunos foros de Internet se ha publicado que quieren ser más que los de Palmeira. Al volver, nos cruzamos con la policía que ronda la casa de los dos hermanos denunciados. Más runrún, más inquietud. En el garaje, nadie bebe.

Poco después llega la policía. Dos coches, uno oficial y otro camuflado. Todos sostienen la mirada. Pero los coches arrancan y se van. Más lamentos, más rabia. Aunque nadie menciona represalias. No habrá noche de cuchillos largos. Nadie en ese grupo parece muy capaz de llevarla a cabo. Pero J. insiste. Lo suyo no es romper cristales. Es otra cosa. Es defender el territorio libre. Por mucha policía que venga. El puerto es de todos; esa es una creencia firme.

-Veña home, pon a música un pouquiño a ver se alegramos.

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