domingo, 1 de noviembre de 2009

La FAD alerta que las drogas son una vía de integración social para los jóvenes

La Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) ha reclamado un cambio en el modelo de prevención contra este fenómeno, que no sólo ha dejado de ser un problema prioritario para la sociedad española sino que incluso, entre los jóvenes, se ha convertido en una vía de integración social.

La FAD ha elaborado un estudio que apunta que el actual modelo para combatir el consumo, recogido en el Plan Nacional de 1985, estaba basado en una droga "marginal" como la heroína, mientras que ahora el contexto ha cambiado totalmente y el protagonismo recae en otras sustancias (cocaína, cannabis o éxtasis), cuyo uso se asocia al ocio.

El director técnico de la FAD, Eusebio Megías, que ha presentado hoy en rueda de prensa el informe "Problemas de drogas, aquí y ahora", afirma que las drogas no son un problema de jóvenes: "Los adolescentes no son unos marcianos y hacen lo que ven", y de hecho, ha añadido, muchos padres no saben cómo actuar ante sus hijos porque ellos también fueron consumidores de fin de semana.

Este experto asegura que los jóvenes conocen los riesgos de estas sustancias, pero también sus efectos recreativos, "y se arriesgan", y alerta que si en los años ochenta consumir drogas era motivo de exclusión, ahora entre muchos jóvenes es un factor de integración, para evitar que en su círculo les consideren "raros".

Megías recalca que las drogas no van a desaparecer totalmente, que son un fenómeno cultural con el que la sociedad ha de aprender a vivir, y que cualquier intento de erradicación será un fracaso, aunque recalca que no se trata de una "resignación fatalista" sino de plantear campañas "realistas compatibles con algunos consumos".

"Es una batalla perdida si se siguen usando las mismas armas", apunta Megías, para quien la prevención no pasa sólo por apostarlo "todo a una sola carta": la abstinencia.

Por ello, la Fundación propone un modelo basado en objetivos más asumibles, por ejemplo, tratar de que disminuya el número de consumidores, que se retrasen las edades de inicio o que se haga con menos riesgos de salud y sociales.

Megías incide además en que, sin obviar el problema que puede conllevar cualquier consumo, se ha de distinguir entre uno de tipo esporádico no conflictivo, y el tener problemas de dependencia, "porque nadie llama alcohólico al que se toma un vino comiendo".

No obstante, sugiere que se creen nuevos indicadores de control, -más allá de los de mortalidad o ingresos hospitalarios- que recojan datos sobre problemas de escolarización o agresiones.

La FAD es partidaria de revisar algunas leyes que se han demostrado ineficaces, como las que prohíben el consumo de alcohol a menores de 18 años (cuando el 94% de ellos lo han probado al llegar a esa edad) o las sanciones administrativas por fumar cannabis en público. "No defendemos la legalización, pero sí que se analice qué está fallando y si la sanción es adecuada", dice Megías.

Igualmente, recomiendan que los padres se impliquen más en la educación de algunos hábitos, como antiguamente, cuando los jóvenes bebían alcohol por primera vez durante alguna celebración familiar, supervisados por un adulto.

El inicio del consumo en el alcohol se produce a los 13 años, en el cannabis a los 14, y en la heroína un año más tarde. A excepción del alcohol (totalmente extendido socialmente) o el cannabis, el porcentaje de los españoles que han tomado drogas no supera el 4%.

Para Megías, el fenómeno social de las drogas en España sólo tienen parangón en Europa en Irlanda, dos países que en pocas décadas han pasado a tener un elevado grado de bienestar: "sociedades de nuevos ricos que tienden al exceso, basado en un modelo donde se enfatiza sobre todo el bienestar personal".

A ello añade un cambio ideológico y una transformación de la forma de vida, que ha renunciado a ciertos valores sin establecer otros nuevos.

El director general del FAD, Ignacio Calderón, aboga por una mayor colaboración entre la sociedad civil y la administración, sobre todo cuando la menor presión social ha hecho desaparecer las adicciones de la agenda de prioridades políticas.

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