lunes, 2 de noviembre de 2009

Drogas, hurtos, prostitución, botellón, incivismo y armas en las noches del Raval

20 minutos pasa la noche del sábado en el barrio barcelonés.

Comprueba cómo se incumple la ordenanza cívica con impunidad.

Una joven esgrime una pistola en la vía pública.

La droga, el botellón, los robos, la venta ambulante de alcohol y de comida, los locales nocturnos clandestinos, la prostitución y el incivismo más crudo han convertido el barrio del Raval de Barcelona en un reducto sin ley ni orden, tal y como denuncian los vecinos y ha podido comprobar el pasado fin de semana 20 minutos.

Los camellos encuentran mucha clientela en la zonaEn la calle Guàrdia, entre l'Arc del Teatre y Nou de la Rambla, desde la 1 hasta las 4.30 horas del sábado, este diario ha comprobado cómo, en tan sólo 100 metros de vía pública, se concentran todas las infracciones, con grupos de jóvenes (y no tan jóvenes) y de turistas (y no tan turistas) incumpliendo la ordenanza de civismo, sin que la Guàrdia Urbana ni los Mossos d'Escuadra aparezcan, pese a estar las comisarías muy cerca.

Mientras decenas de personas hacen cola para entrar en una discoteca, los lateros venden cervezas a un euro. Incluso, hay quien ofrece mojitos en vasos de plástico, ya preparados y con pajita, en una despedida de soltero. Pero no son los únicos. Si alguien lo quiere acompañar con bollería, también la venden. La mayoría de latas vacías quedan desperdigadas por el suelo.

En la confluencia con el Arc del Teatre, unos jóvenes esnifan droga por turnos. Unos metros más allá, otro grupo se prepara un buen petardo de hachís que acaban de adquirir. Los camellos encuentran mucha clientela en la zona. Los gritos y los cánticos son constantes en una noche de insomnio para los vecinos. Unos turistas tienen suerte. Han logrado que los cuatro carteristas (tres chicos y una chica) que persiguen lancen el botín al suelo.

Otro grupo se prepara un buen petardo de hachís que acaban de adquirirUna joven con una pistola en la mano se hace fotos a la calle. Unas chicas pasan a su lado corriendo, asustadas, preguntándose si el arma es de verdad y si está cargada. Cerca, un grupo de okupas han convertido un parking vacío en un local clandestino que parece de una película de Tarantino. Pulsas un timbre, esperas unos segundos, te abren la puerta y ya estás dentro.

Los vecinos explican que los okupas cambiaron la cerradura de la puerta, taparon las ventanas y montaron este «garito», como lo denominan algunos que acceden el sábado. Viniendo de la calle Montserrat, un travestido se lleva a un cliente a una habitación. Una prostituta, rubia y grande, también desaparece por la misma portería. No muy lejos, tres contenedores se han convertido en váteres al aire libre: sólos o acompañados, hombres y mujeres, todos orinan. La noche ha sido muy larga para los vecinos. Y sólo es un ejemplo.

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