jueves, 10 de diciembre de 2009

Carlos Boyero: Marihuana

La imagen más real que tenía de Amsterdam antes de conocerla era poética. El irremplazable Brel cantaba a los marineros borrachos que plantan la nariz en el cielo, moquean en las estrellas y mean como el que llora sobre las mujeres infieles. No vi nada de eso la primera vez que estuve en el puerto de Amsterdam, pero si la gozosa y legalizada venta en los coffee shops de todo tipo de resinas y hierbas. Para completar hallazgo tan venturoso se me ocurrió pedir un whisky (o varios) pero me miraron como a un marciano. Allí no servían alcohol. Cada droga en su sitio, como decreta la aburrida ortodoxia. Pero flipabas al constatar que en esa ciudad nadie iba a darte la brasa, confiscarte la mercancía, multarte o llevarte a comisaría por algo tan placentero como fumar porros.

Escucho en los informativos que en California ya existen legalizadas tiendas en las que se puede comprar marihuana. Pero solo en función de las virtudes sanitarias de esta hierba, no de las lúdicas. O sea, si un galeno al que le has pagado 240 dólares certifica en su receta que estás malito, que la marihuana va a endulzar o a sanar tu enfermedad. Sospecho que junto a enfermos reales aparecen todos los días un millón de enfermos imaginarios que van aumentar la cuenta corriente de sus comprensivos medicos. También hablan de un inminente referéndum sobre asunto tan fumeta, y que en caso de ser aprobado reportaría un pastón a los impuestos del Estado. Podría ocurrir también que el poder dedujera que las drogas no solo sirven para aliviar los dolores del cuerpo sino también los del alma, o simplemente para darle gusto al organismo y al espíritu. Los gobiernos no tienen ningún escrúpulo, incluidas sus hipócritas campañas avisando del peligro, en vendernos tabaco y alcohol. Solo hay que hacer números económicos y calibrar también los votos, para ver si interesa legalizar el resto de drogas.

Imagino los temblores de los grandes narcos ante la posibilidad de que un ladrón aun más poderoso les levante el negocio distribuyéndolo en las farmacias, sin adulterarlo y a precio razonable. Sería una cuestión de porcentajes. Los capos tendrían que gastarse aun más en corromper al sistema para que este dejara tranquilo a su negocio


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