jueves, 15 de octubre de 2009

En el laberinto de las adicciones. La investigación científica

La ciencia avanza a pasos agigantados en la comprensión de lo que considera una enfermedad crónica.

El neurosicólogo Vincent Clark, de la Universidad de Nuevo México, anunció hace 15 días durante una conferencia en California (EU) que conocía la fórmula para predecir, con un 89% de certeza, cuáles adictos a la cocaína o a las anfetaminas recaerían en los seis meses siguientes a un tratamiento de desintoxicación.
El método propuesto por Clark combina la tradicional evaluación psiquiátrica con un mapeo cerebral utilizando una resonancia magnética funcional. Esta tecnología permite detectar zonas en actividad neuronal, por ejemplo, las relacionadas con comportamientos compulsivos y manías.

¿Será esta la bola de cristal que han soñado fiscales y jueces en países donde el consumo es penalizado o como en Colombia donde se abre paso el castigo judicial para la dosis mínima? Está por verse. En entrevista con la revista Nature, Clark recordó que en las Cortes el juez suele advertirle al acusado que tendrá la oportunidad de un tratamiento, pero que si recae en seis meses, lo enviará a la cárcel: “En esos grupos el porcentaje de recaída es del 50%. Saben que los van a atrapar y aún así lo hacen”.

Mientras la legalidad o no de usar este tipo de avances científicos en los tribunales toma forma, lo que en realidad vuelve al centro de la discusión es la cada vez más amplia brecha entre el progreso de la ciencia de las adicciones, preocupada por descubrir el origen y la solución del problema, y nuestras concepciones sociales, marcos legales y opiniones plagadas de prejuicios e ideas consideradas caducas por especialistas.

“Cambios dramáticos en las últimas dos décadas en el campo de las neurociencias y las ciencias del comportamiento han revolucionado nuestra comprensión del abuso de drogas y las adicciones”, señaló hace un tiempo Alan Leshner, ex director del Instituto Nacional sobre Abuso de Drogas de los Estados Unidos, “es tiempo de reemplazar la ideología por la ciencia”.

Las palabras de Leshner cobran una importancia adicional en momentos en que se están ensayando vacunas contra la nicotina como la denominada NicV AX, que crea anticuerpos para atrapar esta sustancia una vez entre al cuerpo y evitar que llegue a los receptores cerebrales. O la vacuna contra la cocaína, TA-CD, con un efecto similar. También existe la promesa de tratamientos inmunológicos contra la adicción a las anfetaminas y el desarrollo de fármacos que ayudan a los individuos adictos a romper con el círculo de las respuestas condicionadas, es decir, a ver drogas y querer volver a probarlas.

Al plantear una nueva concepción de las adicciones, Leshner se refería a sustituir la idea de los adictos como personas débiles, criminales o desadaptados por la de personas con una enfermedad crónica, como lo pueden ser los diabéticos o los hipertensos. De hecho, se sabe que las tasas de recaída en drogas es similar al de los altibajos en pacientes con esas enfermedades (entre el 40 y el 60%).

Inicialmente, explica Leshner, el uso de drogas es un comportamiento voluntario, pero cuando se activa cierto “interruptor”, ocurren cambios en la estructura y función del cerebro que convierten a la adicción en una enfermedad mental. Un punto en el que no hay vuelta atrás.

Cerebros adictos

Nora Volkow, colega y sucesora de Leshner en la dirección del Instituto Nacional sobre Abuso de Drogas explica por qué le gustan tanto las drogas al cerebro de humanos y animales. Menciona los animales porque se han hecho experimentos con insectos, moscas, que se vuelven adictas al alcohol o la cocaína. “Estamos cableados para responder al placer. Tenemos circuitos que responden a los estímulos agradables porque son indispensables para la sobrevivencia”.

El sexo, las relaciones sociales, la comida nos producen placer. Cuando realizamos alguna de estas actividades, nuestras neuronas comunican ese placer unas a otras liberando neurotransmisores como la dopamina y la serotonina. Según Volkow, por un accidente químico en la naturaleza existen sustancias capaces de activar esos mismos circuitos sin que en realidad estemos inmersos en alguna de esas actividades.

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